la nina de los tres nombres Crítica: La niña de los tres nombres de Tami Shem Tov

LA NIÑA DE LOS TRES NOMBRES
DE TAMI SHEM-TOV,
Emecé-Planeta, Barcelona, 2008,
15 x 23 cm, 288 págs.,17,00


A partir de 16 años

por Anabel Sáiz Ripoll, doctora en Filología y especialista en LIJ

La niña de los tres nombres no forma parte de ninguna colección infantil ni juvenil y, sin embargo, como ya pasara con El niño con el pijama de rayas, es un libro que los chicos y chicas pueden leer ya que está protagonizado por una niña, Lieneke, quien vivió, a los nueve años, la dura experiencia de la persecución nazi.

El libro que nos ocupa recoge una historia real ya que sus protagonistas existen. La narración gira en torno a las cartas que el padre de Lieneke le escribió cuando estaban separados y refugiados en distintos lugares para no ser identificados como judíos. Estas cartas destilan alegría, ganas de vivir y son puros cantos de optimismo. Es eso lo que nos gusta del libro, en plena hecatombe, en pleno delirio nazi, un padre es capaz de transmitir a su niña pequeña toda la magia que, realmente, tiene el mundo.

La niña de los tres nombres se divide en 25 capítulos en los que, desde el presente, pero con la mirada también puesta en el paso, esta niña pequeña, con esa mirada que solo da la inocencia, explica los primeros momentos de la persecución judía y como su padre tuvo que buscarles un refugio a todos, a sus hermanos mayores, a su hermana Raquel, a su madre enferma, a él mismo y a la más pequeña. Lieneke recuerda todas estas casas y a todas esas personas maravillosas que no dudaron en arriesgar su vida por acogerla y protegerla.


La acción se desarrolla en Holanda y termina con la liberación por parte de los aliados y el reencuentro entre padre e hija, aunque empañado por la tristeza ya que su madre ha muerto y la pequeña Lieneke, que en realidad no se llamaba así, pero que ya no sabe prescindir de ese nombre, no ha podido despedirse de ella.

En el libro se reproducen las cartas fantásticas de un padre a su hija, llenas de dibujos, de color, de entusiasmo; cartas que hablan de las cosas pequeñas, del campo, de los animales, de las fechas que hay que recordar.

La pequeña Lieneke acaba emigrando a Israel y así nos lo cuenta, de una manera más directa al final del libro. Cambia incluso de nombre cuando se casa y ahora, porque sigue viva y disfrutando de su familia, se llama Nili Goren.

El libro está escrito en tercera persona, con profusión de diálogos y con la inclusión de las cartas, como hemos dicho. Termina con una breve entrevista de la autora a la señora Goren y con varias fotografías que nos permiten poner cara a los personajes del libro.
La niña de los tres nombres es un canto de paz, de igualdad, de fraternidad. No se centra en escenas dolorosas y, sin embargo, las sabemos encontrar y nos da escalofríos pensar en toda la peripecia que familias, como la de Lieneke, tuvieron que vivir. Unos lo han contado, como ellas. Otros ya nunca podrán hacerlo.

Insistimos que el libro no está pensado para los niños o jóvenes, pero se apropiarán de él, sin duda, como pasó con el Diario de Ana Frank y con todas las buenas historias que tocan el alma.

Fuente

Crítica: ‘La niña de los tres nombres’ de Tami Shem-Tov
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