Editorial Bruño. Colección: Altamar (n 61/ 2009). 176 páginas. De 15 años en adelante.
Es esta una novela que supone una apuesta muy personal del autor de entender la literatura: sin renunciar a la identidad autorial, busca ante todo desarrollar un eficaz ejercicio narrativo y visual que atrape la atención del espectador y le impida escapar de la ficción en la que se ha sumergido.
En No digas que estás solo, todos los sentidos tienen que estar bien vivos para no perderse ningún detalle y poder disfrutar plenamente de una experiencia de entretenimiento inteligente y complejo. Al final, todas las piezas encajarán, y el lector se quedará satisfecho mirando hacia dentro. Hacia donde apunta la tesis de la novela.
La obra remite a la mejor tradición del género de miedo e intriga. Cautiva desde su desgarrada primera escena en la que el viejo Eusebio pretende abandonar el pueblo de Catela, sabiendo que aquél (quienquiera que fuese aquél) se queda.
Consiguiendo aumentar la intriga página a página, capítulo a capítulo, la novela se sostiene con una irreprochable perfección formal, que comprende tanto la estructura del argumento, como el tratamiento de los diálogos y la selección de las escenas.
La obra crea una atmósfera de miedo mediante la sutil sugerencia de lo desconocido, que es el atávico miedo de los hombres ante lo que no conseguimos entender. La acción se circunscribe básicamente a Cotela, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés que, en realidad, supone un universo de perfiles alegóricos. Hasta allí se trasladan dos jovencísimos becarios y dos veteranos periodistas para filmar un documental sobre las aldeas que perdieron a todos sus habitantes y que ahora yacen con los muros caídos por la podredumbre y el olvido. El trabajo parece sencillo y atractivo, sobre todo para los dos jóvenes becarios, Begoña y Alberto. Supone, además, una excelente ocasión para conocerse mejor, pues entre ellos parece latir una cierta conexión. Sin embargo, uno tras otro se van sucediendo hechos inexplicables, escalofriantes. Una extraña presencia los acecha. No están solos. Nunca se está solo.
Cuando caen las nieves, Catela va a suponer un lugar de donde no se puede salir. El efecto claustrofóbico propicia que el tiempo y el espacio pierdan su carácter referencial y se conviertan en coordinadas propias de una leyenda. Pero lo que los personajes van a conocer no es una ficción, sino la verdad de aquel pueblo. La verdad de muchos pueblos abandonados en los que todavía perviven las historias de sus habitantes. Especialmente, conocen la tragedia de un adolescente, Luis, a partir de sus propios poemas, de una noticia del periódico de la época y de las referencias de un médico que lo conoció. Esa verdad les afectará muy pronto, no sólo en cuanto al documental que pretenden filmar, sino también en sus propias vidas.
En la convivencia entre los cuatro personajes se va deslizando progresivamente la irrupción de una presencia amenazadora que, con el transcurso del relato, se va haciendo más evidente. En esa evolución hacia el descubrimiento de la entidad del peligro, la novela sugiere que la amenaza no está lejos del ser humano, sino en su propio interior.
No digas que estás solo fluye con un ritmo elegante y sosegado que, sin prescindir de momentos de gran intensidad la persecución del viejo Eusebio en el primer capítulo; la desaparición de Menchu; el descubrimiento del maniquí; la huida por la nieve; la lucha sobre el acantilado basa su eficacia en la sugerencia de una atmósfera inquietante y en la creación y aumento progresivo del suspense.
El desenlace cumple con los dos requisitos que agradece el lector y exige la calidad literaria: es tan necesario como imprevisible. El pasado regresa para dar sentido al presente y unir sensibilidades a las que el tiempo ha separado, pero la vida ha unido. Por eso mismo, los personajes se sienten vinculados con la vida del adolescente, cruelmente asesinado en Cotela. No sólo se sienten conmovidos por su historia y por su sed de vida, sino también acompañados por él. También el lector.

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No digas que estás solo (César Fernández García)
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Educación Infantil: No digas que estás solo (César Fernández García)